sábado, 18 de octubre de 2008

Pesadilla

(Esta es una pequeña historia que me inventé hace algún tiempo e intenté que ganara un concurso de relato corto del cole, sin éxito. Espero que os guste.)

Por fin había llegado el verano. Pero resultó ser un verano muy diferente a los demás. Se trata del verano del 68, en el que yo apenas contaba con los seis años.
Siempre tuve miedo a mi pequeña casa: vivíamos algo alejados del pueblo, por lo que teníamos que tomar un camino hasta él. Un camino en el que no se veía nada más que campo. El miedo se apoderaba de mí todas las noches de tormenta veraniega y hacía que me estremeciese y me ocultase bajo alguna sábana.
Aquella noche no fue diferente. La tormenta era cada vez más fuerte, el viento azotaba sin compasión en las contraventanas, que chocaban una y otra vez en la madera de la fachada. La lluvia era un denso manto grisáceo que empañaba el cristal y a duras penas podías observar el campo que se extendía bajo nuestras ventanas.
Pero sólo estábamos mi madre y yo. Mi padre había salido al pueblo cosa del atardecer para comprar comida y otras cosas que necesitábamos. Y no podía volver. Al menos, no mientras la tormenta continuase.
Como cada noche en la que el terror se apoderaba de mí, mi madre me llevó pronto a la cama. Me durmió con ella para que no tuviera miedo y me arropó suavemente mientras seguía escuchando el tintineo del agua en los cristales.
Gracias a esta musiquilla, me quedé profundamente dormida. Pero horas más tarde, cuando debían ser más o menos, la una de la madrugada, me desperté algo aturdida.
Algo me había sobresaltado.
Me di la vuelta, buscando a mi madre, pero había desaparecido. Un fuerte escalofrío recorrió mi espalda. Decidí buscarla. A lo mejor no podía dormir y se había ido a la cocina a tomar algo. Pero cuando descubrir a mi pesar que no estaba ni en la cocina ni en ninguna parte de la casa, me asusté enormemente.
Algo más aliviada observé que la tormenta había terminado. Sin embargo, no sabía dónde estaba mi madre. Me puse mis zapatitos oscuros (que estaban perfectamente limpios) y salí de la casa, en busca de alguien que me pudiera ayudar.
Corrí por el campo, cruzando cercados, sin saber dónde iba. No se veían las luces del pueblo por ninguna parte y mi casa apenas era ya un punto oscuro en la colina. Dos lágrimas salieron de mis ojos y me acurruqué entre sollozos y arbustos, a la espera del nuevo día. Entonces, entre mis lamentos pude escuchar un leve movimiento de unos arbustos que se encontraban algo más alejados. Supe enseguida que no había sido producido por el viento, ya que apenas sentía su movimiento. Me di cuenta de que alguien estaba allí. Tan rápido como me lo permitieron mis cortas piernecillas, subí corriendo la ladera hasta la mancha oscura que era mi casa. Su silueta se iba recortando y haciendo más clara a medida que me iba acercando. Pero no era fácil. Se trataba de una carrera cuesta arriba y con una persona desconocida corriendo detrás, que seguramente tendría las piernas mucho más largas y ágiles que las mías. Aún así no me rendí. Me dije a mi misma que no pararía hasta entrar por la puerta de mi hogar. Pero los pasos ligeros estaban cada vez más cerca y yo ya no podía más.
No sentía ni los arañazos ni los finos cortes de las plantas, las maderas de los cercados ni el barro que iba salpicando a mi paso. Entonces caí en un charco que no había visto. Mi vestido quedó empapado de agua y mis zapatos totalmente llenos de barro. Costosamente me levanté y seguí corriendo, aún más dolorosamente que antes.
Después de unos segundos de ascenso, que se me hicieron eternos, llegué al porche de mi casa. La puerta estaba medio abierta y entré, la cerré tras de mí y respiré profundamente al ver que, al menos, seguía bien.
Estaba totalmente agotada, perdida y empapada. Cogí los zapatos y los dejé a la entrada. Pero mi madre seguía sin aparecer.

La mañana amaneció soleada y sin una sola nube. Parecía que nunca se había producido una tormenta como la de la noche anterior.
Cuando los rayos de sol me dieron en la cara, abrí los ojos perezosamente. Me encontraba al lado de mi madre que me miraba mientras despertaba. Entonces comencé a recordar la noche anterior: la desaparición de mi familia, la carrera por el campo y la persecución. Pero sonreí aliviada al ver que nada de eso había sucedido, porque seguía estando con mi madre.
Ella se levantó para preparar el desayuno lo antes posible. Ya me volvía a dormir cuando pude escuchar a mi madre gritando desde el piso de abajo mi nombre. Sobresaltada, me levanté y descalza, bajé las escaleras de madera. Me esperaba en la entrada, con los brazos en jarras. Cuando bajé el último peldaño, me gritó:
- ¿Ves normal esto?- dijo señalando unos zapatos pequeños que yacían en medio de la estancia y estaban manchados de barro. Eran los zapatos que me había puesto por la noche para salir en busca de mi familia.
Desde entonces, aún tengo la misma duda: la pequeña aventura de aquella noche, ¿fue real, o tan sólo una pesadilla?

4 comentarios:

Deih dijo...

ah sí, recuerdo cuando la escribiste ^^, te lo dije entonce sy te lod igo ahora : Muy muy buena ^^ está muy bien como relato corto ^^

bye-be~~

Natsu dijo...

Deberías haber ganado, en Alicante gano una de una moneda y un niño que decia que comprar cosas y no podía, y descubrio que hay cosas como el amor y la amistad que no pueden comprarse, fin. Cacho historia eh? Me quede con una cara de subnormal al ver que no gano la mia y esa si xD Bueno, pues que muy bien Uka ;P

Byee, Natsu

Hoshi dijo...

He encontrado el relato de casualidad en eso de final de tu blog y...
Jo, cómo mola.
Como dice Natsu, deberías haber ganado.
Pero siempre ganan los que tiene enchufe, o los sentimentalistas...
¡Saludos!

PD: Palabra de verificación "miasho". Me aso.
Qué gran verdad.

ZakkenCiel dijo...

Oye me ha molado bastante la verdad, te deja con una sensacion como "que cojones ha pasado al final, era un sueño o que era eso?" xD =D