martes, 21 de abril de 2009

La sombra del tren

Teníamos una radio, aunque era poco común, pero un amigo de mi padre que tenía una pequeña taberna se lo había regalado cuando el hombre consiguió un aparato más moderno y que no necesitaba golpes para funcionar. Lo cierto es que pocas veces la escuchaba, sólo cuando llegaba a casa y mi madre intentaba entender cualquier cosa. Recuerdo que vivía en un piso con mis padres y mis dos hermanos mayores. Aunque apenas conservo algo en mi memoria de Ángel, el mayor, que se tuvo que ir a no sé dónde por algún motivo que nadie me explicó. Lo que si sé con certeza, es que le echaba mucho de menos. Entonces yo tenía diez años.
   Un sábado llegué a casa a la hora de comer, después de haber pasado toda la mañana en la calle jugando, aunque eso a mi madre no le hacía mucha gracia. Me sorprendió ver que la radio estaba apagada, mi hermano se encontraba sentado en una silla, con los brazos cruzados en gesto de fastidio, pero su rostro reflejaba cierto temor, como el de mi padre, que se movía nerviosamente de un lado para otro mientras madre metía toda mi ropa y mis cosas en una maleta que nunca había utilizado.
-¿Qué pasa madre? -pregunté confusa, empezando a sentir miedo.
-Nos vamos un tiempo... algo lejos de aquí -intentó sonreír mientras guardaba una camisa.
-Pero volveremos pronto- deduje esperanzada, pero la mirada perdida de mi madre me hacía convencerme de que estaba equivocada-. ¿Verdad madre?
Ella ignoró mi pregunta y cerró la maleta. Insistí.
-No -suspiró-. Este ya no es lugar para nosotros.
-¿Es porque somos del bando malo? -una compañera de clase solía decírmelo siempre, pero lo cierto es que pasaba de ella por completo. Lo formulé como una pregunta inocente, pero era incapaz de suponer el efecto que podía producir. Mi madre jamás respondió a esa pregunta nada más que con una mirada indescifrable.
    Entonces todo sucedió muy rápido. Apenas conservo recuerdos de aquellas horas, pero aún hoy, décadas después, sigo escuchando el sonido de los trenes y viendo en sueños la estación  en la que mi madre, joven, se despidió de mi padre, que antes me había dado el abrazo más caluroso y con más cariño que jamás he recibido. Después debí quedarme dormida y marearme por el movimento del tren, pero cuando desperté, pude comprobar que estaba anocheciendo. 
-¿Dónde estamos?
Madre suspiró un poco antes de responder y abrazarme con fuerza contra su pecho. Mi hermano, ausente, miraba por el cristal en el asiento de atrás.
-En los Pirineos, nos vamos a Francia -entonces percibí toda la amargura, el dolor, el miedo y sobre todo, la falta de esperanza que emitían esas palabras.
Yo también miré por la ventana. El atardecer emitía rayos de luz rojiza, como si fueran armas de fuego. La sombra del tren se proyectaba en las montañas.

1 comentario:

June Harmon Gibbs dijo...

Wow, es preciosa. Me ha dejado compleamente enganchada, así que más le vale a esa "vena" tuya no irse. A mí también me encanta la forma en la que tú escribes, además de que te expresas muy bien.
Las repeticiones son mi cruz, me cuesta bastante lo de los sinónimos...
Saludines ^^