jueves, 24 de febrero de 2011

Me gusta mirar desde mi pequeña atalaya.
Hoy me he asomado un ratito, haciendo un pequeño descanso mientras estudiaba Biología (aunque lo cierto es que no he vuelto a prestar atención a mis apuntes), y me he quedado mirando el cielo durante unos cuantos minutos. Después mi mirada no ha podido evitar posarse sobre los pequeños individuos que andaban de un lugar a otro, con más o menos prisa, intentando no llegar tarde a las clases de gimnasia o deseando llegar a casa cuanto antes y descansar. Pero a diferencia de otras veces, no me he fijado realmente en esas personas, ni siquiera me he parado a pensar en ellas. A diferencia de otras veces, mi mente ha recorrido las calles y los edificios que se aprecian desde la atalaya. Delante de la fachada de mi edificio hay un gimnasio enorme, un aparcamiento, un colegio, un instituto, una guardería y casas, muchas casas. A lo lejos, unos pequeños cerros, ahora verdes, se asoman algo tímidos. Es ahí cuando me he puesto a pensar, cuando he llegado a la conclusión de que hace apenas diez años (o incluso menos) aquella zona no era más que tierras, cultivadas o sin cultivar, algún que otro descampado desolado, y terrenos llenos de olivos, de los cuales han sobrevivido unos pocos privilegiados que, sometidos al boom de las empresas de construcción, han visto como sus semejantes morían o eran arrancados del terreno. Los escasos supervivientes a la masacre, ahora sólo pueden someterse a la monotonía de un pequeño parque, que no es más que una forma ridícula de disimular lo que pasó. Hace veinte años, o menos también, había una extensa laguna que a veces asoma tímida, en forma de grandes charcos cuando llueve demasiado. También la han matado.
Por un momento he cerrado los ojos. He intentado dejar de escuchar el sonido cortante de los coches al rozar con el aire, de las voces de esas personas que no habían captado mi atención y de mi conciencia que me llamaba a seguir repasando Biología. Mi mente intentó evocar una imagen pasada y por un momento, desaparecieron todas las casas, el gimnasio y el parque de olivos. En su lugar había un terreno verde, lleno de vegetación y olivos claro. Ahora el cerro se fundía con el terreno que había delante mío en un pequeño y extenso valle que respiraba vida.
No sé si realmente ese lugar fue así en algún momento, lo que sí sé de verdad, es que deseé con todas mis fuerzas ver algún día esas construcciones desaparecer, ya sean de mi urbanización o de cualquier otra zona. Simplemente por el hecho de respirar de nuevo y encontrarme a mí misma, tal y como conseguí con mi imaginación.
No sabéis lo a gusto que me sentí por un momento.


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