Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas incansables. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas incansables. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de febrero de 2013

“Así es como venceremos a la larga. Y, algún día, recordaremos tanto que construiremos la mayor pala mecánica de la historia, con la que excavaremos la mayor sepultura de todos los tiempos, en la que enterraremos la guerra.”


Fahrenheit 451
Ray Bradbury

martes, 24 de julio de 2012

LXXVII


Dices que tienes corazón y sólo
lo dices porque sientes sus latidos.
Eso no es corazón...; es una máquina
que al compás que se mueve hace ruido.


Gustavo Adolfo Bécquer.

domingo, 5 de febrero de 2012

Las bayas

(Puede tener spoilers)

Las bayas. Me doy cuenta de que en aquel puñado de fruta venenosa se esconde la respuesta a quién soy. Si las saqué para salvar a Peeta porque sabía que me darían la espalda si volvía a casa sin él, la respuesta es que soy despreciable. Si las saqué porque lo amaba, sigo siendo egocéntrica, aunque tiene disculpa. Sin embargo, si las saqué para desafiar al Capitolio, significa que soy una persona que merece la pena. El problema es que no sé qué pensaba exactamente en aquellos momentos.
¿Es posible que la gente de los distritos esté en lo cierto? ¿Que fue un acto de rebelión, aunque inconsciente? Porque, en el fondo, debo de saber que no basta con huir para mantener con vida a mi familia o mis amigos. Aunque pudiera, no arreglaría nada, no evitaría que las demás personas sufrieran tanto como ha sufrido Gale hoy.

En Llamas (LJDH #2)
Suzanne Collins

sábado, 6 de agosto de 2011

Sueños

Julián nunca había visto llorar a Miquel Moliner. El reloj les cercaba, contando los minutos en fuga.
-Aún hay tiempo -murmuraba Miquel con la mirada puesta en la entrada de la estación.
A la una y cinco, el jefe de estación dio la llamada final para los pasajeros con destino a París. El tren había empezado ya a deslizarse por el andén cuando Julián se volvió para despedirse de su amigo. Miquel Moliner le contemplaba desde el andén, con las manos hundidas en los bolsillos.
-Escribe -dijo.
-Tan pronto llegue te escribiré -replicó Julián.
-No. A mí no. Escribe libros. No cartas. Escríbelos por mí. Por Penélope.
Julián asintió, dándose cuenta sólo entonces de lo mucho que iba a echar de menos a su amigo.
-Y conserva tus sueños -dijo Miquel-. Nunca sabes cuándo te van a hacer falta.
-Siempre -murmuró Julián, pero el rugido del tren ya les había robado las palabras.


La Sombra del Viento
Carlos Ruiz Zafón

martes, 16 de febrero de 2010

Mentiras

Comprendía ahora que no sólo Fantasia estaba enferma, sino también el mundo de los seres humanos. Una cosa tenía que ver con la otra. En realidad, siempre lo había sentido así, sin poder explicarse por qué. Nunca había querido aceptar que la vida fuera tan gris e indiferente, tan sin secretos ni maravillas como pretendían las personas que decían: ¡la vida es así!

Pero ahora sabía también que tenía que ir a Fantasia para sanar otra vez a ambos mundos.

Y el que ningún hombre conociera el camino se debía precisamente a las mentiras e ideas falsas que llegaban a su mundo como consecuencia de la destrucción de Fantasia, dejándolo a uno ciego.

Con espanto y vergüenza, Bastián pensó en sus propias mentiras. Las historias inventadas que contaba no eran mentiras. Eran otra cosa. Pero en algunas ocasiones había mentido de forma totalmente consciente y deliberada... A veces por miedo, a veces para conseguir algo que quería tener sin falta, a veces también sólo para darse importancia. ¿Qué criaturas de Fantasia había aniquilado, desfigurado y maltratado con ello? Intentó imaginarse cómo podía haber sido antes su verdadera figura... pero no pudo. Quizá, precisamente, porque había mentido.
En cualquier caso, una cosa era segura: también él había contribuido a que las cosas fueran tan mal en Fantasia. Y quería hacer algo por arreglarlas. Le debía eso a Atreyu, que estaba dispuesto a cualquier cosa sólo para buscarlo. No podía ni quería defraudarlo. ¡Tenía que encontrar el camino!

El reloj de la torre dio las ocho.



La historia interminable
Michael Ende

lunes, 31 de agosto de 2009

¿Sabes lo que es un rehén?

Viernes, 9 de octubre de 1942

Todavía no he terminado con mis lamentaciones.
¿Sabes lo que es un rehén? Es el último método que han impuesto como castigo para los saboteadores. Es lo más horrible que te puedas imaginar. Detienen a destacados ciudadanos inocentes y anuncian que los ejecutarán en caso de que alguien realice un acto de sabotaje. Cuando hay sabotaje y no encuentran a los responsables, la Gestapo sencillamente pone a cuatro o cinco rehenes contra el paredón. A menudo los periódicos publican esquelas mortuorias sobre estas personas, calificando sus muertes de "accidente fatal".

¡Bonito pueblo el alemán, y pensar que en realidad yo también pertenezco a él! Pero no, hace mucho que Hitler nos ha convertido en apátridas. De todos modos, no hay enemistad más grande en el mundo que entre los alemanes y los judíos.


El diario de Ana Frank

viernes, 1 de mayo de 2009

Falta de tiempo

Y así, Momo fue a ver, uno tras otro, a sus viejos amigos.
Fue a ver al carpintero, el que una vez le hizo la mesa y las sillas de unas cajas. Fue a ver a las mujeres que le habían regalado la cama. En resumen, vio a todos a los que antes habían escuchado, y que por ello se habían vuelto sabios, decididos o contentos. Todos prometieron volver. Algunos no cumplieron su promesa o no pudieron cumplirla, porque no tenían tiempo. Pero muchos amigos realmente volvieron, y casi volvió a ser como antes.

Sin saberlo, Momo se había cruzado en el camino de los hombres grises. Y esto no podían permitirlo.

Momo
(o la curiosa historia de los ladrones del tiempo y 
de la niña que devolvió a los hombres el tiempo robado)
Michael Ende

sábado, 18 de abril de 2009

Los niños que no parecen simpáticos

-Los otros niños. Has dicho que no parecen nada simpáticos.
-Es verdad.
-Pero ¿qué otros niños? ¿Dónde están?
Bruno sonrió y le indicó que lo acompañara. Ella resopló y siguió a su hermano (...). 
-Están ahí fuera- dijo Bruno, mirando por la ventana (...).
Gretel se había detenido en el umbral; se moría de ganas de mirar también, pero algo en el tono de Bruno y en el modo como miraba la puso nerviosa. Su hermano nunca había conseguido engañarla y suponía que tampoco la estaba engañando en aquel momento, pero algo en su actitud la hacía dudar sobre si de verdad quería ver a aquellos niños. Tragó saliva, ansiosa, y rezó en silencio para que volvieran a Berlín en el futuro inmediato y no pasado todo un mes como había apuntado Bruno.
-¿Qué?- dijo el niño al volverse y verla plantada en el umbral, estrechando su muñeca-. ¿No quieres verlos?
-Claró que sí-replicó ella, y avanzó con paso vacilante.

    Hacía una tarde radiante y soleada, y el sol salió por detrás de una nube en el preciso instante en que Gretel se asomó por la ventana; pero un momento más tarde sus ojos se adaptaron a la luz, el sol se ocultó de nuevo y la niña pudo ver exactamente a qué se refería Bruno.



El niño con el pijama de rayas
John Boyne