domingo, 6 de noviembre de 2011
Por un momento
jueves, 2 de julio de 2009
Carta a Ismael: Los arco iris del tiempo
viernes, 26 de junio de 2009
Las líneas del mar
Apenas había amanecido. El cielo emitía débiles haces de luz que se filtraban entre las algodonosas nubes. Siempre había amado los cielos del amanecer, como si el nuevo día le trajera también nuevas emociones e ideas.
Por eso estaba tendido en la cama, con los ojos completamente abiertos.
Se sentó en su escritorio azul cielo. Situado enfrente de su cuadrada ventana casi podía tocar el mar, que reflejaba los rayos del Sol que comenzaba a aparecer en el horizonte, entre algodones. Agachó la cabeza sobre el papel, y con el pincel empapado de tinta negra lo posó sobre él.
Su muñeca giraba describiendo trazos delicados, suaves, armoniosos. El pincel parecía posarse débilmente sobre la lámina. Entonces comenzó lo que había esperado. Todo lo que estaba dibujando comenzaba a envolverle. Las dulces líneas lo rodeaban, acariciando su cara, sus brazos y sus piernas. Ya no existía la silla sobre la que se había sentado, el escritorio, su habitación. Ni siquiera el mar tras su ventana. Ya no dibujaba en el papel, sino al aire.
Las pinceladas estaban más vivas que nunca. Él se sentía más feliz que de costumbre. Pero entonces, cuando creía que aquello era inmejorable, un dulce olor salado lo embriagó por completo. Los trazos cobraron color y se convirtieron en agua azul verdosa cristalina y olas espumosas. Un curioso y anaranjado Sol apareció en el horizonte. Dos o tres nubecitas blancas salpicaron el cielo claro. Entonces comenzó a escuchar la vida de aquel paisaje que estaba dibujando. Era incapaz de creerlo, pero era cierto. El agua ya le mojaba las piernas con los pantalones arremangados sobre las rodillas. Era tan cálida…
Cerró los ojos, pero siguió trazando en el aire, feliz, emocionado. Cada vez sentía, olía, escuchaba y veía más cosas. Pero una voz se alzó sobre el chapotear de sus pies, de los peces que nadaban velozmente cerca de él y de las gaviotas que comenzaban a llegar.
Parpadeó velozmente y descubrió que su madre le esperaba apoyada en la puerta de su cuarto. No la había oído entrar. Con unas rápidas palabras la indicó que ya iba, cuando descubrió que debían haber pasado las horas del mediodía.
Miró atentamente a su dibujo acabado: era aquél paisaje. Ahora todo le sabía amargo. Pensar que lo que acababa de vivir había sido sólo su imaginación y que no podía hacer nada por volverlo a sentir.

jueves, 14 de mayo de 2009
Vivir muerto, respirar sin oxígeno
Amaba la ciudad como nadie. Bueno, realmente no la amaba; estaba absorbido por su ruido, por su olor y por su ritmo. No conocía nada más que el estrés de sus calles. Largos caminos asfaltados que terminaban en ninguna parte, oscuros y desgastados por miles de pies y neumáticos que lo acribillaban sin descanso. Su vista no alcanzaba más que los altos y rectos edificios, cárceles de ladrillo, cemento y vidrio que parecían reírse de la condena de los habitantes. No habría aprendido a querer otra cosa que no fueran las prisas por ir de un lugar a otro, la destrucción de sus pulmones por el humo del tabaco o de esa densa niebla oscura que envolvía la ciudad tan atractivamente. Por supuesto que no. No podía vivir de otra forma porque eso era todo lo que había conocido. Ya era parte de las prisas, la falta de tiempo y los horarios ajustados; ya era uno más de los enfados, de las malas caras y la seriedad, y ya no era más que un hombre atado a la ciudad.
Aquella mañana se había levantado como todos los días de lunes a viernes: bien temprano para no perder el metro y llegar a su edificio de oficinas más o menos a la hora. Había hecho todo como solía hacerlo, en el mismo orden, de forma automática. El reloj jugaba en su contra, para variar. Sólo pensaba en la necesidad de respirar el pesado aire del exterior, meterse en la boca de metro y esperar pacientemente su parada mientras decenas de pasajeros le empujaban por los cuatro costados.
No pudo trabajar tranquilo. Continuamente miraba a través del cristal oscuro hacia el horizonte, entre otros edificios que debían tener cientos de pisos. Ciertamente nunca se había fijado en ellos. Por primera vez se paró a pensar en su lugar de trabajo, el número de piso en el que se encontraba, la de años que habrían pasado sin darse cuenta entre las mismas paredes. Miró a sus compañeros. No recordaba el nombre de ninguno. Su mirada recorrió la estancia y volvió a posarse sobre la cristalera. Los mismos edificios de antes se mostraban aún más desafiantes. El Sol estaba algo más elevado e iluminaba las calles de una forma especial, pero tenue y triste. A lo lejos se divisaba algo que a penas conocía. Eran unas llanuras extensas, de un verde que parecía ser intenso, pero que algo lo impedía ver. De repente percibió esa sensación. Era agobio, falta de aire, vértigo. No podía quedarse mucho más allí. Salió disparado hacia la calle, desabrochándose el cuello de la camisa, que parecía impedirle respirar. Comenzó a correr desesperadamente. No miraba al cruzar si los semáforos estaban en verde, escuchó las quejas de voces que no conocía y vio las caras de personas que le miraban estupefactas, como si no hubieran visto a nadie igual en toda su vida. Por fin, llegó a su destino: era la pradera verde que había visto desde su oficina. Tiró la chaqueta de su traje en la tierra y se arrodilló agotado por la carrera. Sentía que el aire llenaba sus pulmones, un aire que no conocía y que le sorprendía. Volvió, lentamente, la cabeza hacia el punto del que venía. Y vio las edificaciones como cuchillos afilados que intentaban desgarrar el cielo de mediodía. Una capa negra, densa y tenebrosa establecía el límite entre el cielo de la ciudad y el cielo verdadero, azul claro, con nubes blancas y algodonosas. Nunca pensó que pudiera ser tan hermoso. No quiso mirar más, siguió andando hacia el campo, sintiendo cómo volvía la energía a su cuerpo.
Entonces se dio cuenta de que vivir en la ciudad, tal y como él había hecho, era vivir muerto, respirar sin oxígeno y caminar perdido. Y ya no quiso volver más.