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domingo, 6 de noviembre de 2011

Por un momento


Por un momento, cerremos los ojos.
Todos. A la vez.
Por un momento, dejemos de escuchar nuestra voz.
Y escuchemos lo que nos rodea.

Unos segundos sirven para darnos cuenta de muchas cosas.
Para saber que no sólo somos nosotros.
Esos segundos son valiosos, porque nos pueden ayudar a recapacitar.
A pensar en una solución.
E intentar frenar nuestra avaricia y ganas de destruirlo todo.

Con una sola vez, es más que suficiente.
Es una lástima que nunca lo hagamos.


jueves, 2 de julio de 2009

Carta a Ismael: Los arco iris del tiempo

Todas las mañanas de verano, el Sol entraba por mi ventana, describiendo curiosos arcos de luz que, al incidir sobre el móvil de cristales que me regalaste, se dividía en diversos colores, permitiéndome el lujo de apreciar decenas de arco iris danzantes y cristalinos, en mi propia habitación. Entonces era cuando llegabas tú. Con un suave golpecito sobre el alféizar. Recuerdo cómo había veces que fingía estar dormida y, cuando asomabas la cabeza por la ventana, me levantaba súbitamente para asustarte.
Luego corríamos cerca del lago, y me contabas cientos de historias sobre batallas. He de confesar que mi interés por ellas era falso, y fingía que me interesaban, pero seguramente siempre lo has sabido. Prefería que me ayudases a completar mi cuaderno con hojas, tipos y curiosidades de plantas. Tampoco llegué a recordar si lo terminé alguna vez, pero aquellos momentos juntos, sentados sobre un árbol caído a causa de una lejana tormenta, o sobre un suelo llano, mientras señalabas a lo alto hablándome de naturaleza con sutiles alusiones a las guerras, no las cambiaría por nada.
Cuando quería darme cuenta, había pasado el mediodía y al volver a casa corriendo, tú me ayudabas a subir al pequeño tejado del porche a través del árbol centenario que se encontraba cerca de mi ventana. Después, te veía correr en dirección opuesta al lago. Siempre te volvías y sonreías. Entonces, mi madre solía desgarrar el momento con un grito, llamándome. Así que fingía empezar a vestirme, como si acabara de despertar. Supongo que por eso ahora tengo fama de dormilona.
Ay, mi querido Ismael, si aquél verano no hubiera sido el último. Si no hubieses subido al tren como por olvido, tal y como me dijiste, entre lágrimas, en la estación, después de nuestro primer y último beso. Ahora, todos los días, podríamos ir al lago y quizá hubiese terminado mi cuaderno, aunque seguramente habría empezado otro a fin de que pasáramos más tiempo juntos. Si hubieses podido permanecer a mi lado, ahora podría mirar por la ventana de mi antigua habitación sin sentirme encerrada.
A pesar de los años que han pasado, tengo la esperanza de que algún día vuelvas, porque a pesar de mi matrimonio, haría cualquier cosa por estar junto a ti, implique lo que implique.
Echo mucho de menos tus historias, tu sonrisa, tus ojos...
Ojalá me volvieran a mirar esos dos ojos negros a los que tanto me acostumbré a amar.
¿Sabes?
Antes de recibir la última carta que me enviaste, mi marido tuvo una de sus brillantes ideas y decidió mandar podar el árbol centenario. Lloré, pero no pude evitarlo. Me ignoró. Pasé toda la noche a orillas del lago. No es capaz de imaginar la importancia que tenía ese árbol para mí.
También encontré por casualidad, en uno de los baúles antiguos, entre montones de vestidos viejos, mi pequeño cuaderno incompleto, intacto.
Ahora lo guardo en mi escritorio, bajo llave.
Pero había aún algo más en aquél viejo mueble. Entre telas que lo protegían, tal y como lo había dejado, apareció el móvil que me hiciste y me regalaste. Lo debí guardar al poco de casarme, mucho antes de recibir tu primera carta. Y no he podido evitar limpiarlo y colgarlo en el sitio de siempre.

Cada mañana, cuando comienza a despuntar el alba, me siento en una mecedora, donde se encontraba mi cama. Las primeras luces de la estación cálida comienzan ya a incidir sobre los cristales cuadrados y triangulares, inundando la habitación de los arco iris más bellos.
La única diferencia es que sé que nadie volverá a golpear suavemente el alféizar, esperando a que me levante.


viernes, 26 de junio de 2009

Las líneas del mar

Se sentía muy inspirado.

Apenas había amanecido. El cielo emitía débiles haces de luz que se filtraban entre las algodonosas nubes. Siempre había amado los cielos del amanecer, como si el nuevo día le trajera también nuevas emociones e ideas.

Por eso estaba tendido en la cama, con los ojos completamente abiertos.

Se sentó en su escritorio azul cielo. Situado enfrente de su cuadrada ventana casi podía tocar el mar, que reflejaba los rayos del Sol que comenzaba a aparecer en el horizonte, entre algodones. Agachó la cabeza sobre el papel, y con el pincel empapado de tinta negra lo posó sobre él.

Su muñeca giraba describiendo trazos delicados, suaves, armoniosos. El pincel parecía posarse débilmente sobre la lámina. Entonces comenzó lo que había esperado. Todo lo que estaba dibujando comenzaba a envolverle. Las dulces líneas lo rodeaban, acariciando su cara, sus brazos y sus piernas. Ya no existía la silla sobre la que se había sentado, el escritorio, su habitación. Ni siquiera el mar tras su ventana. Ya no dibujaba en el papel, sino al aire.

Las pinceladas estaban más vivas que nunca. Él se sentía más feliz que de costumbre. Pero entonces, cuando creía que aquello era inmejorable, un dulce olor salado lo embriagó por completo. Los trazos cobraron color y se convirtieron en agua azul verdosa cristalina y olas espumosas. Un curioso y anaranjado Sol apareció en el horizonte. Dos o tres nubecitas blancas salpicaron el cielo claro. Entonces comenzó a escuchar la vida de aquel paisaje que estaba dibujando. Era incapaz de creerlo, pero era cierto. El agua ya le mojaba las piernas con los pantalones arremangados sobre las rodillas. Era tan cálida…

Cerró los ojos, pero siguió trazando en el aire, feliz, emocionado. Cada vez sentía, olía, escuchaba y veía más cosas. Pero una voz se alzó sobre el chapotear de sus pies, de los peces que nadaban velozmente cerca de él y de las gaviotas que comenzaban a llegar.

Parpadeó velozmente y descubrió que su madre le esperaba apoyada en la puerta de su cuarto. No la había oído entrar. Con unas rápidas palabras la indicó que ya iba, cuando descubrió que debían haber pasado las horas del mediodía.

Miró atentamente a su dibujo acabado: era aquél paisaje. Ahora todo le sabía amargo. Pensar que lo que acababa de vivir había sido sólo su imaginación y que no podía hacer nada por volverlo a sentir.

Se levantó pesadamente, pero cuando apoyó sus delgados y descalzos pies sobre el suelo de madera, descubrió que estaba empapado hasta la rodilla.



jueves, 14 de mayo de 2009

Vivir muerto, respirar sin oxígeno

Amaba la ciudad como nadie. Bueno, realmente no la amaba; estaba absorbido por su ruido, por su olor y por su ritmo. No conocía nada más que el estrés de sus calles. Largos caminos asfaltados que terminaban en ninguna parte, oscuros y desgastados por miles de pies y neumáticos que lo acribillaban sin descanso. Su vista no alcanzaba más que los altos y rectos edificios, cárceles de ladrillo, cemento y vidrio que parecían reírse de la condena de los habitantes. No habría aprendido a querer otra cosa que no fueran las prisas por ir de un lugar a otro, la destrucción de sus pulmones por el humo del tabaco o de esa densa niebla oscura que envolvía la ciudad tan atractivamente. Por supuesto que no. No podía vivir de otra forma porque eso era todo lo que había conocido. Ya era parte de las prisas, la falta de tiempo y los horarios ajustados; ya era uno más de los enfados, de las malas caras y la seriedad, y ya no era más que un hombre atado a la ciudad.  

Aquella mañana se había levantado como todos los días de lunes a viernes: bien temprano para no perder el metro y llegar a su edificio de oficinas más o menos a la hora. Había hecho todo como solía hacerlo, en el mismo orden, de forma automática. El reloj jugaba en su contra, para variar. Sólo pensaba en la necesidad de respirar el pesado aire del exterior, meterse en la boca de metro y esperar pacientemente su parada mientras decenas de pasajeros le empujaban por los cuatro costados. 

No pudo trabajar tranquilo. Continuamente miraba a través del cristal oscuro hacia el horizonte, entre otros edificios que debían tener cientos de pisos. Ciertamente nunca se había fijado en ellos. Por primera vez se paró a pensar en su lugar de trabajo, el número de piso en el que se encontraba, la de años que habrían pasado sin darse cuenta entre las mismas paredes. Miró a sus compañeros. No recordaba el nombre de ninguno. Su mirada recorrió la estancia y volvió a posarse sobre la cristalera. Los mismos edificios de antes se mostraban aún más desafiantes. El Sol estaba algo más elevado e iluminaba las calles de una forma especial, pero tenue y triste. A lo lejos se divisaba algo que a penas conocía. Eran unas llanuras extensas, de un verde que parecía ser intenso, pero que algo lo impedía ver. De repente percibió esa sensación. Era agobio, falta de aire, vértigo. No podía quedarse mucho más allí. Salió disparado hacia la calle, desabrochándose el cuello de la camisa, que parecía impedirle respirar. Comenzó a correr desesperadamente. No miraba al cruzar si los semáforos estaban en verde, escuchó las quejas de voces que no conocía y vio las caras de personas que le miraban estupefactas, como si no hubieran visto a nadie igual en toda su vida. Por fin, llegó a su destino: era la pradera verde que había visto desde su oficina. Tiró la chaqueta de su traje en la tierra y se arrodilló agotado por la carrera. Sentía que el aire llenaba sus pulmones, un aire que no conocía y que le sorprendía. Volvió, lentamente, la cabeza hacia el punto del que venía. Y vio las edificaciones como cuchillos afilados que intentaban desgarrar el cielo de mediodía. Una capa negra, densa y tenebrosa establecía el límite entre el cielo de la ciudad y el cielo verdadero, azul claro, con nubes blancas y algodonosas. Nunca pensó que pudiera ser tan hermoso. No quiso mirar más, siguió andando hacia el campo, sintiendo cómo volvía la energía a su cuerpo.

Entonces se dio cuenta de que vivir en la ciudad, tal y como él había hecho, era vivir muerto, respirar sin oxígeno y caminar perdido. Y ya no quiso volver más.

martes, 21 de abril de 2009

La sombra del tren

Teníamos una radio, aunque era poco común, pero un amigo de mi padre que tenía una pequeña taberna se lo había regalado cuando el hombre consiguió un aparato más moderno y que no necesitaba golpes para funcionar. Lo cierto es que pocas veces la escuchaba, sólo cuando llegaba a casa y mi madre intentaba entender cualquier cosa. Recuerdo que vivía en un piso con mis padres y mis dos hermanos mayores. Aunque apenas conservo algo en mi memoria de Ángel, el mayor, que se tuvo que ir a no sé dónde por algún motivo que nadie me explicó. Lo que si sé con certeza, es que le echaba mucho de menos. Entonces yo tenía diez años.
   Un sábado llegué a casa a la hora de comer, después de haber pasado toda la mañana en la calle jugando, aunque eso a mi madre no le hacía mucha gracia. Me sorprendió ver que la radio estaba apagada, mi hermano se encontraba sentado en una silla, con los brazos cruzados en gesto de fastidio, pero su rostro reflejaba cierto temor, como el de mi padre, que se movía nerviosamente de un lado para otro mientras madre metía toda mi ropa y mis cosas en una maleta que nunca había utilizado.
-¿Qué pasa madre? -pregunté confusa, empezando a sentir miedo.
-Nos vamos un tiempo... algo lejos de aquí -intentó sonreír mientras guardaba una camisa.
-Pero volveremos pronto- deduje esperanzada, pero la mirada perdida de mi madre me hacía convencerme de que estaba equivocada-. ¿Verdad madre?
Ella ignoró mi pregunta y cerró la maleta. Insistí.
-No -suspiró-. Este ya no es lugar para nosotros.
-¿Es porque somos del bando malo? -una compañera de clase solía decírmelo siempre, pero lo cierto es que pasaba de ella por completo. Lo formulé como una pregunta inocente, pero era incapaz de suponer el efecto que podía producir. Mi madre jamás respondió a esa pregunta nada más que con una mirada indescifrable.
    Entonces todo sucedió muy rápido. Apenas conservo recuerdos de aquellas horas, pero aún hoy, décadas después, sigo escuchando el sonido de los trenes y viendo en sueños la estación  en la que mi madre, joven, se despidió de mi padre, que antes me había dado el abrazo más caluroso y con más cariño que jamás he recibido. Después debí quedarme dormida y marearme por el movimento del tren, pero cuando desperté, pude comprobar que estaba anocheciendo. 
-¿Dónde estamos?
Madre suspiró un poco antes de responder y abrazarme con fuerza contra su pecho. Mi hermano, ausente, miraba por el cristal en el asiento de atrás.
-En los Pirineos, nos vamos a Francia -entonces percibí toda la amargura, el dolor, el miedo y sobre todo, la falta de esperanza que emitían esas palabras.
Yo también miré por la ventana. El atardecer emitía rayos de luz rojiza, como si fueran armas de fuego. La sombra del tren se proyectaba en las montañas.