Nací y crezco en una familia de lectores.
Desde pequeña me acostumbré a una casa llena de libros, libros de todos los colores, tamaños y temáticas. Algunos parecían esconder los cuentos más bonitos del planeta, y otros simplemente eran feos y oscuros. Había estanterías llenas hasta el techo en nuestra habitación del ordenador, pero también en el salón, escondidos en armarios y cajas y con el tiempo, comenzaron a aparecer en mi cuarto también. Incluso teníamos que llevarnos muchos de ellos a nuestro pueblo, porque en mi casa (que era muy pequeña) no cabían todos juntos. Para mí nunca fueron extraños, al contrario, lo raro sería entrar en una casa en la que no hubiese un solo tomo, de cualquier cosa.
Mis padres me enseñaron, no siempre con palabras y nunca con dureza, que los libros son pequeños tesoros que hay que cuidar, que cada uno de ellos esconde diferentes mundos, personas y aventuras que están siempre ahí, esperando que alguien los descubra y pueda, por unas horas, días o semanas, sentirse incluso dentro de la propia historia. Me enseñaron a cuidarlos, a quererlos y coleccionarlos. Leer se convirtió en algo necesario, en hábito y en gusto. A veces, tengo que reconocer, me daba mucha pereza leer, y otras estaba deseando terminar los deberes para coger algún libro. Sin embargo, no me atrevía con esos lomos gruesos que se veían a lo alto de las estanterías, sino con otros más finos y acordes a mi edad, como los de la famosa colección El barco de vapor o El duende verde. Leía casi todos los libros de la biblioteca de clase, a una velocidad alarmante en algunos casos. Un año llegué a leer cerca de sesenta libros. Nadie creía que los hubiese leído de verdad, pero lo que no sabían es que leía cada día, sentada en mi escritorio, después de cenar y de haber hecho todos los deberes. A veces sólo leía unas pocas páginas, otras capítulos enteros. En algunos casos leía rápido para terminar el libro cuanto antes y cogerme uno mejor, y otras porque simplemente no podía parar.
Con sus historias además, conseguí desarrollar una curiosa imaginación que en algunos momentos se tradujo en intentos fallidos de libros que aún están a medias, llenos de típicos tópicos y personajes que sólo existen en mi cabeza. Nunca me importó crear relatos para clase, aunque a veces también contaba con la ayuda de mis padres, porque no sabía cómo darles forma. Creo que gracias a los libros, nunca me interesaron más de lo necesario los videojuegos. De hecho, no recuerdo haber pedido ninguna consola, quizá sólo la Game Boy Advance porque la tenía mi primo y claro, yo también la quería aunque no sabía por qué. Apenas jugué un par de juegos en mi ordenador, y enseguida me cansaba de ellos. No tenían tanta gracia, aunque es cierto que algunos te hacían pensar.
Gracias a los libros de mi antigua casa, a mis padres y el esfuerzo que hacían los profesores porque los niños consiguieran querer mínimamente a los libros, conocí las aventuras de Kika Superbruja de pequeña, los libros de Los Cinco, llenos de misterio, y otros tantos libros y autores (Carlos Ruiz Zafón, Laura Gallego, Michael Ende) que son tan importantes en mi vida ahora.
Y aunque parece ser un poco irregular en mí el hábito de la lectura últimamente, no es raro que tenga épocas en las que no pueda evitar pensar en muchos libros y otras en las que apenas los hago caso, todo gracias a las clases. Pero todo esto que siento, sigue ahí, y siempre estará. Es algo que tengo inculcado.