Sin embargo, pasaban los minutos. De vez en cuando la luz se abría paso entre las calles, tenuemente. Pero a pesar de todo, no se decidía. Por fin, cuando llevaba un rato mirando a través de la ventana y la impotencia era mayor, algo cambió. Los destellos de luz se hicieron más intensos, más continuos. A cada uno le seguía esa voz más cercana. El viento mecía los delgados árboles, y el frío entraba a través de los cristales abiertos. Sabía que eran ellos, por fin, por primera vez, era yo la que les llamaba.
Miré indescriptiblemente a aquellos individuos que estaban en la acera. La impotencia se mezcló con cierta tranquilidad, transmitida por todos ellos. Pero aún no sabía si realmente eran o no. Pronuncié su nombre, el suyo, de quien quería realmente la ayuda, bajito y empañando el cristal.
Medio segundo después, el trueno retumbó, esta vez más fuerte que las anteriores y las que vendrían después, sonando casi a mi lado. Sonreí.
Por supuesto que todo esto es real, aunque también tiene su elemento fantástico ;). Lo que sí es cierto, es que, cuando pronuncié su nombre, recibí respuesta. Pero no solo suya, sino de todos. Y gracias a ellos, pude dormir bien.
Creo que nunca me he sentido tan escuchada.
Un saludo.
1 comentario:
Wow, que bonito.
Pero al final se solucionó todo y eso es lo bonito.
me ha encantado el relato. Sinceramente, no sé que más decirte.
Saludos!
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